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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

jueves, 4 de junio de 2015

RUSALKA: la ópera de Dvorák


A finales del siglo XIX, en Bohemia y Moravia se gestaba un movimiento cultural nacionalista para fortalecer la identidad del pueblo checo ante la influencia germana. Al calor de dicha situación, el poeta Jaroslav Kvapil se dio a la tarea de escribir el libreto para una ópera en lengua checa que rescatara elementos de sus propias tradiciones. Basándose sobre todo en los cuentos de hadas de Karel Jaromir Erben y Bozena Nemcová -aunque también con influencia de otras historias como La sirenita, de Andersen, y Ondina, de Friedrich de la Motte-, lo concluyó en 1899 y se lo ofreció a Antonín Dvorák para que compusiera la música. Éste, que tenía gran aprecio por la obra de Erben, aceptó y se puso a trabajar en la partitura entre abril y noviembre del año siguiente. Cuentan que para componerla Dvorák se retiraba todos los días a orillas de un lago solitario en el bosque, y por eso también solía decirse que la espléndida aria La canción de la luna en verdad se la había inspirado una rusalka. El estreno tuvo lugar en el Teatro Nacional de Praga en marzo de 1901, con gran éxito. De hecho, se le considera su trabajo dramático más logrado.

El argumento, según el Diccionario de la Ópera, de Kurt Pahlen, es el siguiente:

"Una hermosa noche de verano, las ondinas juegan en un lago del bosque y bromean con el viejo espíritu de las aguas. Sin embargo, una no está completamente entregada al juego: Rusalka ama al príncipe que va a cazar con frecuencia a ese lugar, el cual no puede verla porque es invisible a los ojos humanos. Rusalka anhela tener un cuerpo humano y vivir la vida de una mujer. El espíritu de las aguas intenta inútilmente disuadirla. Rusalka recurre a la bruja, que puede cumplir su deseo pero que le impone una condición difícil: enmudecer. Sin embargo, nadie puede disuadirla de su deseo. Y así, el príncipe, que se ha enamorado de ella, la lleva a su castillo. Pero su amor se enfría un poco, pues no pude entender a la extraña mujer, bella y siempre silenciosa. A una princesa le resulta fácil llamar la atención del príncipe. El espíritu de las aguas, que no puede soportar más el sufrimiento de Rusalka, se la arrebata al príncipe. Sólo entonces éste comprende que ha amado a un ser del reino de los espíritus. Su deseo despierta otra vez y envía mensajeros para que encuentren a Rusalka, quien vagabundea desesperada; ha sido desterrada del reino de las aguas; no puede y no quiere volver al reino de los hombres. La bruja le sugiere una solución: si mata al príncipe quedará redimida y podrá volver a las profundidades del lago. Pero Rusalka sigue amando al príncipe y, cuando éste por fin llega, enfermo de nostalgia, al borde del lago, la ondina quiere salvarlo. El príncipe sabe que el beso de Rusalka se ha vuelto mortal para él, pero anhela ese final. Muere en el instante más dichoso de su vida."

Se dice que su antecedente más remoto es una leyenda medieval que ha llegado hasta nuestros días a través de Melusina o la noble historia de Lusignan, escrita por Jean D'Arras entre 1387 y 1392. Es el relato de un hada que se convierte en mujer por amor: "... hacía tan graves llantos y echaba tan amargos suspiros que parecía claramente a todos los que la oían que oían la voz de una doncella". Aunque el mito original era celta, se fue modificando al trasladarse al norte de Francia, en la región de Normandía. A las hadas acuáticas se les conocía como las damas blancas, habitaban en los bosques y siempre estaban al acecho en la proximidad de los ríos, puentes o barrancas donde podrían encontrarse con los viajeros perdidos. Su hermosura era irresistible aunque eran crueles y esquivas. Paraban a los viajeros y los forzaban a contestar sus enigmas secretos; si se negaban a bailar con ellas o respondían de manera errónea a sus preguntas, los atormentaban y los arrojaban en alguna zanja. También se decía que eran una especie de intermediarias entre la vida y la muerte ya que eran capaces de adivinar cuando alguna persona moriría. Melusina y sus hermanas estaban consideradas como damas blancas.

Por último, Aleksandr Pushkin dejó inacabado su extenso poema dramático Rusalka: se trata de la historia del discípulo de un monje que se encuentra en la ribera del río cuando es atraído por una mujer muy bella para conducirlo a la muerte. Su propio maestro había traicionado a la mujer casándose con otra y empujándola al suicidio, con lo que se convirtió en una rusalka. Dargomyzhsky compuso también una ópera sobre este tema que se estrenó en 1856, en San Petersburgo.


Jules Etienne

 La ilustración corresponde al programa de mano del Teatro Mikhailovsky de San Petersburgo para la ópera Rusalka, de Antonín Dvorak y al programa original del estreno en el Teatro Nacional de Praga en 1901.

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