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viernes, 6 de febrero de 2015

Tu boca: LAS MIL Y UNA NOCHES (de la noche 145)

"¡Dinos algunas palabras de los animales y las aves! ¡Deben ser exquisitas, sobre todo repetidas por tu boca!"
 
(Fragmento)

Pero cuando llegó la noche 145...

Después se calló Scherezada.

Entonces el rey Schahriar la miró por primera vez con ternura, y  le dijo:

"¡Oh Scherezada, la muy discreta! ¡Cuánta razón tiene tu hermana, esa pequeña que te está escuchando, cuando dice que tus palabras son deliciosas por su interés y sabrosas por su frescura! Empiezas a  hacerme lamentar la matanza de tanta joven, y acaso hagas que olvide , el juramento que hice de matarte como a todas las otras".

Y la pequeña Doniazada se levantó del tapiz en que había estado escuchando, y exclamó: "¡Oh hermana mía! ¡Cuán admirable es esa historia! ¡Y cómo me han encantado Nozhatú y sus palabras, y las palabras de las jóvenes! ¡Y qué contenta estoy con la muerte de la Madre de todas las Calamidades! ¡Cuán maravilloso es todo eso!"

Entonces Scherezada miró amorosamente a su hermana, sonrió, y le dijo: "¿Qué dirías entonces si oyeras las palabras de los animales y las aves?"

Y Doniazada exclamó: "¡Ah hermana mía! ¡Dinos algunas palabras de los animales y las aves! ¡Porque deben ser exquisitas, sobre todo repetidas por tu boca!"

Y Scherezada dijo: "¡Con toda la voluntad de mi corazón! ¡Pero no sin que antes me lo permita nuestro señor el rey!"

Y el rey Schahriar quedó extraordinariamente asombrado, y preguntó: "¿Pero qué podrán decir los animales y las aves? ¿En qué lengua hablan?" Y Scherezada dijo: "Hablan en prosa y en verso, expresándose en árabe puro". Entonces el rey Schahriar exclamó: "¡Oh Scherezada! Nada quiero decidir todavía acerca de tu suerte, sin que me hayas contado esas cosas que desconozco. Porque hasta ahora no he oído más que palabras de los humanos, y me alegraría muchísimo saber lo que piensan esos seres a quienes no entienden la mayoría de los hombres".

Y como iba transcurriendo la noche, Scherezada rogó al rey que aguardase hasta el día siguiente. El rey Schahriar, a pesar de la impaciencia que sentía, se avino a darle su consentimiento. Y cogiendo en brazos a la bella Scherezada, se enlazaron hasta que brilló la mañana del otro día.

Anónimo
 
La ilustración corresponde a Sherezada y el sultán (detalle), 1878, de Alfred Choubrac. 

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