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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

jueves, 25 de septiembre de 2014

Una copa de tequila para el detective


La fórmula que mezcla a los detectives de novela negra con el licor ha devenido en una simbiosis ineludible. Aunque el consumo de tequila resulta un tanto más exótico puesto que el origen del género tuvo lugar y se desarrolló entre bebedores de whiskey. Sin embargo, un personaje tan emblemático como Philip Marlowe, en El confidente (Finger Man), uno de sus primeros casos, se encuentra en un casino y dice: “Bebí un poco más de tequila y puse mala cara”. También en la clásica El sueño eterno (The Big Sleep), advierte que “por su actitud parecía tequila lo que bebían”. De manera que el tequila no le resultaba ajeno, como tampoco lo era para Lew Archer, el investigador privado de Ross MacDonald, en La piscina mortal (The Drowning Pool) se refiere a Acapulco y sus “largas noches de tequila”, y en El coche fúnebre pintado a rayas (The Zebra-Striped Hearse): “Miró a su alrededor buscando a José, quien se encontraba reclinado contra la pared. José llenó su vaso con tequila de la botella”.
 
En Hot Water, uno de los relatos de Cornell Woolrich publicados bajo el seudónimo de William Irish -ignoro si existe alguna edición traducida al español-, al salir de un casino en Tijuana, donde el protagonista “había estado bebiendo tequila, pero al menos sabía lo que estaba haciendo”, tiene lugar una persecución en automóvil con la inevitable balacera en pleno desierto. Cuando el automóvil se queda sin gasolina, utiliza el tequila a manera de combustible para poder seguir su camino.
 
En El complot mongol, novela pionera del género en español, de Rafael Bernal, tiene lugar una conversación en la que se establece: “Le dije que usted siempre tomaba tequila me dijo que sí, que era usted un gran tequilero”. El legendario Pepe Carvalho “la conoció en un lugar de la frontera tomando tequila con sal tras tequila con sal…”, en La soledad del manager, de Vázquez Montalbán, mientras que en Sombra de la sombra, de Paco Ignacio II: “Se la dejaron ir, compañero –comenta el licenciado Verdugo desde el otro lado de la mesa, como para dejar absolutamente claro que con este juego ya no se puede hacer nada, se bebe de un sentón el tequila que queda en el vaso, suspira, y tras un inaudible «con permiso», se apura también los restos de la copa del chino.”
 
Algunos autores contemporáneos en español coinciden en el uso del tequila para formar los títulos de sus novelas. Así sucede con Tequila Blue, del argentino Rolo Díez (“Para mi segundo tequila ya tenía el caso resuelto”), y de Efecto tequila, de Élmer Mendoza:
 
Elvis apura su cerveza, hay casos en que el silencio no otorga y éste es uno de ellos, Nos decidimos por usted porque conoce el terreno y porque posee las habilidades necesarias y suficientes para tener éxito, además, es una buena manera de dejar su madriguera, ¿no le parece?, sé que es inquieto y, ¿Qué fue del amigo que avisó?, Apareció flotando en el Río de la Plata, pide un tequila doble, Un tipo que sólo quiso hacer un favor, perdió la vida sólo por servir de enlace, ¿De cuánto estamos hablando?, De trescientos mil, Dólares, Por supuesto, piensa: si fuera trampa es de lo más tentadora, a poco no, viene a su mente un túnel una carrera una balacera; una porteña hermosa…
 
También habría que incluir Tequila coxis, del colombiano Eduardo García Aguilar, quien explica sobre dicho título que “surgió en medio del delirio, en una fiesta entre amigos mexicanos, es por eso que también es una suerte de homenaje al tequila que ha nutrido a nuestra generación y a las que vendrán”. La siguiente descripción pertenece a El caso tequila, de F. G. Haghenbeck: "Así fue como llegué a ese atardecer que tenía tal letanía de colores, parecía que el pintor celestial había bebido tres tequilas más que yo."

Concluiré esta breve relación al tequila en la literatura policíaca con una referencia de mi propia novela Decir adiós es morir un poco, cuyo protagonista, Felipe Mar Law, es bebedor de ron, en contraste con Karina, la mujer a quien intenta seducir:

Le invitas una copa que ella acepta con la condición de que, en efecto, sea una sola, porque se hace tarde y tiene la pésima costumbre de que cuando empieza a beber le resulta difícil mantenerse ecuánime.

- Me da por emborracharme hasta que los calzones ya no me obedecen.

- Yo no le veo nada de malo.

- Pues claro, si eso es lo que estás esperando. No te hagas.

Ese es el momento justo en una conversación en el que una mujer habría recurrido a su martingala: ¿Cómo crees? En contraste, te mantienes en silencio. El que calla, otorga. Luego de obtener tu solemne promesa de que no te pondrás necio insistiendo en que pidan otra ronda, te confiesa su debilidad por el tequila, en tanto te mantienes fiel al elíxir de las Antillas.
 
Jules Etienne

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