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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

martes, 16 de septiembre de 2014

Tequila: ESTAS RUINAS QUE VES, de Jorge Ibargüengoitia


(Fragmento)
 
Gloria, con un gesto de resignación, retiró las copas y el Doctor fue a buscar una bebida muy especial que guardaba en el último rincón de la casa.

Cuando habíamos llegado a la terraza, después de saludar a Gloria, nos sentamos, las sillas de mimbre crujieron, cuando llegó el Doctor, nos levantamos, cuando se fue a buscar la botella, nos volvimos a sentar, entonces entró la Rapaceja, nos levantamos, la saludamos y nos sentamos, llegaron las hermanitas Verduguí, nos levantamos y nos sentamos, llegó Sebastián Montaña, ídem, llegó Rocafuerte con su traje azul pavo, ya nadie tuvo ánimos para levantarse. "Suegra", le dijo a la Rapaceja, y la besó en la mejilla, al Doctor lo abrazó, y a Gloria le dio un beso en la boca. Exudaba optimismo. A la tercera frase empezó a venderle una Nikkonaka a Sebastián Montaña. El Doctor había traído del fondo de la casa un barrilito de tequila añejo, "de la reserva particular de don Adalberto Trejo", nos dijo. Sirvió una copa a cada uno, hasta a los que dijeron ' 'yo tequila no, muchas gracias". Bebimos un trago y dijimos que era excelente.
 
- Este tequila -dijo el Doctor, arrastrado por la reminiscencia- es con el que brindamos cuarenta compañeros de la Asociación de Profesionistas Cuevanenses y nuestras respectivas esposas, un dieciséis de septiembre que nos tocó pasar en la isla de Melos, en el tour que hicimos a Europa, ¿verdad, mi vida?
 
- Fue precioso -dijo la Rapaceja.
 
- El sol poniéndose -siguió el Doctor-, el mar, color violeta, y nosotros los mexicanos, parados en unas piedras, mirando hacia el occidente, y brindando con tequila, acordándonos de nuestra patria lejana. Miren, las lágrimas nos brotaron de la emoción. Los que estábamos allí sentados, vimos con admiración cómo al Doctor y a la Rapaceja volvían a brotarles las lágrimas nomás de acordarse.
 
 
Jorge Ibargüengoitia (México, 1928-1983) 

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