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martes, 15 de abril de 2014

Luna roja: SILENCIO (una fábula), de Edgar Allan Poe

"De pronto, a través del leve velo de la oscura niebla, se levantó la luna. Una luna roja."
 
Las cumbres de la montaña dormitan;
Los valles, los peñascos y las cuevas están en silencio.”
Aloman
 
- Escúchame -dijo el demonio, poniendo su mano sobre mi cabeza-. El país que te digo es una región lúgubre. Se encuentra en Libia, junto a las orillas del Zaire. Allí no existe descanso ni el silencio.
 
Las aguas del río son de un tinte azafranado y lívido. No corren hacia el mar, sino que eternamente se agitan, bajo la pupila roja del sol, con un movimiento convulsivo y tumultuoso. A ambas orillas de este río de fangoso cauce se extiende, en una distancia de muchas millas, un pálido desierto de gigantescos nenúfares. Uno contra otro, se muestran como anhelantes en esta soledad, y dirigen hacia el cielo sus largos cuellos fantasmales. Inclinan, a un lado y otro, sus perennes corolas y de ellos sale un rumor confuso parecido al reflujo de un torrente subterráneo. Inclinándose uno hacia el otro, suspiran; pero se halla una frontera en su imperio, y ésta es una selva densa y oscura.
 
A semejanza de las olas en torno de las islas Hébridas, los árboles están en perpetua agitación, y no sopla viento alguno en el cielo. Los enormes árboles primitivos se balancean continuamente, cediendo con un estrépito impresionante. Desde sus altas copas, llorando gota a gota, se filtra un inacabable rocío. Extrañas flores venenosas se retuercen a sus pies en un perpetuo duermevela. Y sobre sus copos, provocando un suave eco, nubes de plomo se precipitan hacia el oeste, hasta que como una catarata se vierten detrás del muro ardiendo del horizonte. Pero a pesar de ello, repito, no hay fuerte viento, y a ambas orillas del Zaire, no existe el silencio ni la calma.
 
Era de noche y caía la lluvia. Y cuando caía, era lluvia; pero caída ya, parecía sangre.
 
Estaba en medio de la marisma, y cerca de los nenúfares gigantescos, y caía la lluvia sobre mi cabeza, en tanto suspiraban los nenúfares. El cuadro era de una desolación solemne.  De pronto, a través del leve velo de la oscura niebla, se levantó la luna. Una luna roja. Y mis ojos se fijaron entonces en una gran roca gris que se alzaba en la margen del río y a la que aquélla iluminaba. La roca era gris, siniestra, altísima...
 
En ella había unos caracteres grabados. Avancé hacia ella por la larga marisma de nenúfares, hasta que me encontré próximo a la orilla, para poder leer aquellos caracteres grabados en la piedra. Pero no podía descifrarlos. Decidí retroceder, y la luna brilló entonces con un rojo más vivo. Me volví y miré otra vez hacia la roca. Volví a mirar los caracteres. Y finalmente, pude leer esta palabra: DESOLACIÓN.
 
Miré hacia arriba. En lo alto de la roca había un hombre en pie. Para espiar sus acciones, me escondí entre los nenúfares...
 
El hombre era imponente, mayestático, y desde los hombros hasta los pies, vestía la toga de la antigua Roma. Su silueta era indistinta, pero sus rasgos eran los de la divinidad. Porque, a pesar de las sombras de la noche y de la niebla, sus rasgos faciales fulguraban. Su frente era ancha y reflexiva, y los ojos aparecieron nublados por las cavilaciones. En las arrugas de sus mejillas se veían las imágenes del tedio, el cansancio y el disgusto por la humanidad, a la vez que un gran deseo de soledad.
 
Sentado sobre la roca, el hombre apoyó en sus manos la cabeza y paseó su mirada por la desolación que le rodeaba. Contempló los arbustos siempre inquietos, así como los árboles, grandes y primitivos. Miró a lo alto, a las nubes y a la luna roja. Y yo, escondido al amparo de los nenúfares, no perdía ninguno de sus actos, pudiendo apreciar cómo temblaba el hombre en medio de la soledad. Así avanzaba la noche, pero él permanecía sentado sobre la roca.
 
Apartó del cielo su mirada para fijarla sobre el lúgubre Zaire, siguiendo con la vista ojos las aguas amarillas y las legiones pálidas de nenúfares. Parecía escuchar los suspiros de éstos y el murmullo que se alzaba de las aguas. Desde mi escondite seguí observando los movimientos del hombre. Vi cómo continuaba temblando en la soledad. Avanzaba más y más la noche, pero el hombre permanecía sentado sobre la roca.
 
Me abismé en las simas remotas de la marisma, y anduve a través del bosque susurrante de nenúfares. Llamé a los hipopótamos que vivían en aquellas profundidades y las bestias escucharon mi llamado, viniendo hasta la roca, rugiendo, sonora y espantosamente. Todo bajo la luna.
 
Maldije a los elementos. Y una tempestad horrible se formó en el cielo. Allí donde apenas momentos antes corría un soplo de brisa.  El cielo se volvió lívido bajo la violencia de la tempestad, azotaba la lluvia la cabeza del hombre, y se desbordaban las olas del río. Éste, torturado, saltaba rizado en espuma. Y crujían los nenúfares en sus tallos.  El bosque se agitaba al viento. Se derrumbaba el trueno. Centelleaba el relámpago. Y el hombre, amo siempre, temblaba en la soledad, sentado sobre la roca.  Irritado, maldije con la maldición del silencio; maldije al río y los nenúfares, al viento y al bosque, al cielo y al trueno, a los suspiros de los nenúfares...
 
Entonces se tornaron mudos. Y cesó la luna su lenta ruta por el cielo.  El trueno expiró y no centelleó el relámpago. Se quedaron quietas las nubes, descendieron las aguas de sus lecho y los árboles cesaron de agitarse. Ya no suspiraron los nenúfares. No se elevaba el menor rumor, ni la sombra de un sonido, en todo aquel gran desierto sin límites.  Volví a leer los caracteres grabados sobre la roca. Habían cambiado. Ahora decían esta palabra: SILENCIO.
 
Fijé mis ojos en el rostro del hombre. Estaba pálido de miedo. Levantó apresuradamente la cabeza que tenía entre las manos y se incorporó sobre la roca. Aguzó, entonces, los oídos. Pero en todo aquel desierto sin límites no se oyó voz alguna. Y los caracteres grabados sobre la roca seguían diciendo: SILENCIO.  El hombre se estremeció y se volvió de espaldas. Y huyó lejos, muy lejos. Apresuradamente. Y ya no le vi más.

 * * *

Se encuentran bellos cuentos en los libros de magia, en los tétricos libros de los magos, en esos libros que están encuadernados en piel. Digo que hay allí magníficas historias del cielo y de la tierra, así del fiero mar como de los genios que han reinado sobre él; sobre la castigada tierra y acerca del cielo sublime. Hay, asimismo, gran sabiduría en las palabras que han sido dictadas por las sibilas. Y sagradas cosas fueron escuchadas en otro tiempo por las hojas sombrías que temblaban alrededor de Dodona...  Pero, tan cierto como que Alá está vivo, considero a esta fábula, que el demonio me hizo ver cuando se sentó a mi lado en la sombra del sepulcro, como la más maravillosa de todas.

Y cuando el demonio hubo concluido de guiarme, se hundió en las profundidades del mismo sepulcro y comenzó a reír.  Yo no pude reír con él, provocando sus maldiciones. Y el búho, que continúa en el sepulcro por toda la eternidad, salió de él, y se puso a los pies del demonio, y le miró a la cara fijamente. 
 
Edgar Allan Poe (Estados Unidos, 1809-1849)

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