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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

domingo, 1 de noviembre de 2015

Venecia: MUERTE EN VENECIA, de Thomas Mann

 "Pero el cielo y el mar seguían turbios y grises. De cuando en cuando caía una lluvia neblinosa..."
 
(Fragmento)

Había hecho esa suposición, pues la ciudad le recibía siempre con tiempo espléndido. Pero el cielo y el mar seguían turbios y grises. De cuando en cuando caía una lluvia neblinosa, y tuvo que aceptar la idea de encontrarse, llegando por ruta marina, con otra Venecia distinta de la que él había conocido cuando la visitó por tierra. Estaba apoyado en un mástil, con la mirada fija en lontananza, esperando ver tierra. Recordaba al poeta melancólico y entusiasta ante quien emergieron en otro tiempo de aquellas aguas las cúpulas y las campanadas de su sueño, repetía algo de lo que entonces había cristalizado en cántico de admiración, de dicha o de tristeza, y conmovido sin esfuerzo por tales sentimientos ahondaba en su corazón ya maduro, para ver si el Destino le reservaba aún nuevos entusiasmos y emociones, o quizás una tardía aventura sentimental.
 
Así surgió a la derecha la costa plana; el mar comenzó a animarse con botes de pescadores. Apareció la isla de Bader; al dejarla a la izquierda, el barco pasó, acortando la marcha, por el estrecho puerto que lleva el nombre de la isla y se paró en la laguna, frente a unas casuchas pobres y pintorescas, en espera de la falúa del servicio de Sanidad.
 
Al fin, después de una hora, apareció la falúa. Habían llegado, y no habían llegado; no tenían prisa. Sin embargo, los dominaba la más viva impaciencia. Los excursionistas de Pola se sintieron patriotas, excitados sin duda por las cornetas militares que sonaban por el lado del parque, y sobre cubierta, entusiasmados con el arte, daban vivas a los bersaglieri que hacían ejercicios. Pero era repugnante ver el estado en que su camaradería con la gente joven había puesto al lamentable anciano. Su viejo cerebro no había podido resistir, como en el caso de los jóvenes, los efectos del vino, y aparecía vergonzosamente borracho. Con una mirada estúpida y un pitillo entre los dedos, temblorosos, vacilaba, conservando difícilmente el equilibrio. Como habría caído al primer paso, no se atrevía a moverse del sitio; sin embargo, mostraba una excitación lamentable; asía de las solapas a todo el que se le aproximaba, tartamudeaba, gesticulaba, lanzaba risotadas, alzaba con ademán de necia burla su dedo índice, lleno de anillos, y de un modo equívoco, repugnante, se lamía los labios. Aschenbach lo miraba con sombrío entrecejo, mientras volvía a adueñarse nuevamente de él la sensación de que el mundo mostraba una inclinación tentadora a deformarse en siluetas singulares y exóticas. Pero no pudo seguir examinando esa sensación, pues la maquinaria volvió a funcionar mientras el barco continuaba su interrumpido viaje por el canal de San Marcos.
 
Otra vez se presentaba a la vista la magnífica perspectiva, la deslumbradora composición de fantásticos edificios que la república mostraba a los ojos asombrados de los navegantes que llegaban a la ciudad; la graciosa magnificencia del palacio y del Puente de los Suspiros, las columnas con santos y leones, la fachada pomposa del fantástico templo, la puerta y el gran reloj, y comprendió entonces que llegar por tierra a Venecia, bajando en la estación, era como entrar a un palacio por la escalera de servicio. Había que llegar, pues, en barco a la más inverosímil de las ciudades.
 
Paró la maquinaria, comenzaron a aproximarse las góndolas, se descolgó la escalerilla y subieron a bordo los empleados de la Aduana a desempeñar su cometido; los pasajeros podían ir desembarcando. Aschenbach dio a entender que deseaba una góndola para trasladarse junto con su equipaje a la estación de los vaporcitos que circulan entre la ciudad y el Lido, pues pensaba tomar habitación a orillas del mar. Poco después, su deseo fue propagándose a gritos por la superficie de la laguna, donde los gondoleros reñían con otros en su dialecto. No podía descender todavía porque estaban bajando su baúl con gran trabajo. Por eso se vio durante unos minutos expuesto, sin escape posible, a la solicitud del repugnante viejo, a quien la borrachera impulsaba a rendir al extranjero los honores de la despedida. «Le deseamos una agradable temporada», tartamudeaba entre tumbos. «Tendremos muy presente su recuerdo. Au revour, excusez y bonjour, Excelencia.» La boca se le llenó de agua, guiñó los ojos y sacó la lengua con gesto equívoco. «Nuestros respetos —continuó -en la misma forma—, nuestros respetos al pasajero simpático...» De pronto se le fue la dentadura postiza. Aschenbach logró al fin escabullirse... «Al hombre simpático», oía decir a sus espaldas, mientras descendía por la escalera, asido a la cuerda.
 
¿Quién no experimenta cierto estremecimiento, quién no tiene que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez, o tras larga ausencia, en una góndola veneciana? La extraña embarcación, que ha llegado hasta nosotros invariable desde una época de romanticismo y de poema, negra, con una negrura que sólo poseen los ataúdes, evoca aventuras silenciosas y arriesgadas, la noche sombría, el ataúd y el último viaje silencioso. ¿Y se ha notado que el amplio sillón barnizado de negro es el más blando, más cómodo, más agradable del mundo? Aschenbach se dio cuenta de ello cuando se sentó a los pies del gondolero, junto a su equipaje reunido. Los remeros seguían riñendo rudamente en su dialecto incomprensible, y con gestos amenazadores. Pero el silencio peculiar de la ciudad parecía absorber blandamente sus voces, apaciguándolas y deshaciéndolas en el agua. En el puerto hacía calor. Recibiendo el soplo tibio del siroco, recostado sobre los blandos almohadones, el viajero cerró los ojos para gozar de una languidez tan dulce como desacostumbrada que empezaba a poseerlo. «La travesía será corta —pensaba—. ¡Ojalá durase siempre! » Lentamente, con suave balanceo, iba sustrayéndose al ruido, a la algarabía de las voces.


Thomas Mann (Alemán, 1875-1955). Obtuvo el premio Nobel en 1929.

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