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Vancouver, atardecer en English Bay.

viernes, 28 de agosto de 2015

Venecia: HIDALGUÍA, de Rafael Sabatini

"Redujo a vasallaje los estados de Treviso, Vicenza, Padua, Brescia, Bérgamo..."

(Fragmento inicial del capítulo II, La dama sin tierra)


Mientras la vida circula por las venas de un hombre, éste actúa como si nunca hubiese de ser de otro modo. Por esta razón, pocas veces la edad pone término a los proyectos y planes que se refieren al futuro.
 
A los sesenta y nueve años, aquel hombrecillo astuto, Honorato da Polenta, mejor empleara su alma en la oración que en empeñarse en la reconquista del señorío de Rávena, del que Venecia lo desposeyera veinte años atrás. En resumidas  cuentas, en su casa no había ningún hombre que hubiese de sostenerle. Su único hijo, Azzo, fue condenado a muerte por la justicia veneciana, por haber violado la pena de destierro a que fue condenado en unión de su padre. Su único sobrino, Cosimo da Polenta, había recibido las sagradas órdenes. Quedaba su hija, Samaritana, pero como en aquellas circunstancias el legado de Ravena habría consistido en una serie de luchas, fuera locura suponer que el señor Honorato se decidiera, por cuenta de la doncella, a abandonar su destierro de Creta y someter su pleito a la suerte de las armas.
 
Durante veinte años había estado aguardando la oportunidad que  ahora percibía. Siempre tuvo la confianza de que, al fin, Venecia pagaría muy cara la codicia de que su desposesión era un ejemplo, y, al fin, le pareció que su profecía iba a cumplirse.  No contenta aun con ser la señora del mar y las extensas  colonias que había más allá, la Serenísima República había equipado grandes ejércitos para extender su dominio en la península y, más especialmente, en el territorio  subalpino. Redujo a vasallaje los estados de Treviso, Vicenza, Padua, Brescia, Bérgamo y media docena de tiranías  de menos importancia, incluyendo la de Rávena. Las enormes riquezas logradas por medio del tráfico y por las artes de la paz fueron dilapidadas en la guerra para satisfacer las ansias imperialistas, y aunque superficialmente Venecia parecía más fuerte que nunca en su historial en realidad la desangraban las grandes compañías mercenarias, al mando de Carmagnola, Colleoni y otros capitanes contratados para que guerreasen por su cuenta. Y si bien la larga guerra  impuesta por la política del Dux Foscari contra el duque de Milán le había proporcionado cuanto ambicionaba, la dejó sin la fuerza necesaria para conservar sus conquistas.
 
Usando las palabras de Honorato da Polenta, el Estado veneciano era un muro construido sin cemento. En cuanto se quitara una piedra, todo se vendría abajo. y para predicar  ese evangelio, salió atrevidamente de su destierro de Creta y, acompañado de su hija Samaritana, se dirigió a Italia a los sesenta y nueve años de edad.
 
Gracias a sus ardientes argumentos, le fue fácil convencer  a sus compañeros de desgracia, en el Norte, acerca de la exactitud de sus apreciaciones. Los hombres están siempre dispuestos a creer lo que desean. Pero ya no le fue tan fácil persuadirlos de que cada uno de ellos arrancase su propia piedra del muro, según su pintoresca imagen. En todas partes  recibió la misma respuesta:
 
- Lo que decís salta a la vista, querido Honorato. Haced, pues, la primera tentativa. Luchad por vuestra Rávena contra  las garras del León alado y nosotros completaremos la derrota de la fiera, siguiendo vuestro ejemplo y bendiciéndolo  además.
 
En vano fue que Honorato protestara, diciendo que no tenia  los medios para tal empresa y que precisamente proponía  una Liga para que todos se reuniesen contra el enemigo  común y en vano también les habló de la fuerza que da la unión. Disgustado con ellos, se dirigió a Milán y a Francesco Sforza. Pero éste meneó su astuta cabeza, de color rojo dorado, asegurando que Venecia no seria la única en quedar exhausta con una guerra muy larga. ¿Y qué, sino ésta última razón, le obligó a dejar Bérgamo y Brescia en manos de los venecianos?
 
Pero el señor Honorato no quiso aceptar aquella negativa y,  gracias a su insistencia, arrancó, al fin, una promesa condicional del duque de Milán.
 
- Quizá podría reunir la fuerza necesaria para sostener o apoyar un golpe bien dado – dijo -. Pero ciertamente no estoy en situación de emprender nuevas campañas.
 
A pesar de sus sesenta y nueve años Honorato tenía el ánimo suficiente para aceptar estas palabras como un compromiso. Además, en Milán había oído hablar mucho de Colombo da Siena y en particular de la gran confianza que tenia en si mismo y que muchas veces lo indujo a servir condicionando el pago a los resultados obtenidos. Si Honorato  pudiese persuadirle de que entrara a su servicio en tales condiciones, evitaría el fracaso con que le amenazaba la tibieza de aquellos con cuyo entusiasmo había contado.
 
Así, pues, el señor Honorato continuó su viaje en unión de su hija y llegó a Siena uno de los primeros días de abril, cuando la tierra empezaba a cubrirse de verde.
 
 
Rafael Sabatini (Italia, 1875-1950)

La ilustración corresponde a Defensa de Brescia (1584), de Tintoretto, que se encuentra en el Palacio Ducal de Venecia.

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