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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

sábado, 1 de septiembre de 2012

Septiembre: EL LIBRO DE LOS AMORES RIDÍCULOS, de Milan Kundera

"Era el mes de septiembre y apenas comenzaba lentamente a oscurecer."

(Quinta parte: Que los muertos viejos dejen sitio a los muertos jóvenes)
 
Capítulo 7
 
No estaba enfadado, al contrario, la visitante no había hecho más que confirmar su identidad durante la discusión; en su protesta contra las frases pesimistas (¿acaso no era ante todo una protesta contra la fealdad y el mal gusto?) la reconocía tal como la había conocido y de ese modo su mente estaba cada vez más llena del antiguo aspecto de ella y de su antigua historia común y lo único que deseaba era que nada interrumpiese aquel ambiente azul, tan propicio a la conversación (por eso le acarició la mano y dijo que era un tonto), para poder hablarle de lo que en ese momento le parecía lo más importante: su historia común, estaba convencido de que habían vivido juntos algo muy especial, algo que ella desconocía y para lo que él mismo tendrá que esforzarse si quiere encontrar las palabras precisas.
 
Ya ni siquiera recuerda cómo la conoció, seguramente apareció alguna vez en compañía de sus amigos de la Facultad, pero del cafetín praguense en el que estuvieron solos por primera vez se acuerda perfectamente: estaba sentado frente a ella en un silloncito de terciopelo, angustiado y silencioso, pero al mismo tiempo totalmente embriagado por las tenues señales con las que ponía de manifiesto su simpatía hacia él. Después había estado tratando de imaginar (aunque no se atrevía a creer que lo que imaginaba pudiese convertirse en realidad) qué aspecto tendría si la besase, la desnudase y le hiciese el amor, pero no lo conseguía. Sí, era curioso: mil veces intentó imaginársela haciendo el amor, pero fue en vano: la cara de ella seguía mirándolo con su sonrisa tranquila y suave y él era incapaz (ni con el mayor esfuerzo de su imaginación) de ver cómo se torcía en el gesto de la exaltación amorosa. Ella escapaba por completo a su capacidad imaginativa.
 
Y aquélla fue una situación que jamás volvió a repetirse en toda su vida: aquella vez había estado cara a cara con lo inimaginable. Evidentemente estaba pasando por ese breve período (el período paradisíaco) en que la imaginación está aún poco provista de experiencias, aún no ha caído en la rutina, conoce poco y sabe poco, de modo que aún existe lo inimaginable; y cuando lo inimaginable debe convertirse en realidad (sin la mediación de lo imaginable, sin el puente de las imágenes), el hombre se ve sorprendido y cae presa del vértigo. Cayó en efecto presa de ese vértigo cuando, al cabo de varios encuentros, durante los cuales no se atrevió a hacer nada, ella empezó a preguntarle, con elocuente curiosidad, por su habitación en la residencia de estudiantes hasta que prácticamente le obligó a invitarla.
 
La habitación de la residencia, en la que vivía con un compañero que, a cambio de un vaso de ron, le prometió no volver hasta la medianoche, se parecía poco a su apartamento actual: dos camas de hierro, dos sillas, un armario, una lámpara chillona sin pantalla, un terrible desorden. Ordenó la habitación, y a las siete (formaba parte de su delicadeza llegar puntualmente) ella llamó a la puerta. Era el mes de septiembre y apenas comenzaba lentamente a oscurecer. Se sentaron en el borde de la cama de hierro y empezaron a besarse. Se iba haciendo cada vez más oscuro y él no quería encender la luz porque estaba contento de no ser visto y tenía la esperanza de que la oscuridad ocultase su nerviosismo cuando tuviese que desnudarse delante de ella. (Se las apañaba más o menos para desabrocharle las blusas a las mujeres, pero se desnudaba delante de ellas con avergonzado apresuramiento.) Pero esta vez tardó mucho tiempo en atreverse a desabrocharle el primer botón (pensaba que debía existir algún sistema acertado y elegante para empezar a desnudar a alguien que sólo conocerían los hombres experimentados y tenía miedo de que se notase su inexperiencia), de modo que al final ella misma se levantó y le preguntó con una sonrisa: -¿No sería mejor que me quitase esta armadura?... -y empezó a desnudarse; pero estaba oscuro y él no veía más que las sombras de los movimientos de ambos.
 
Se desnudó también, apresuradamente, y no obtuvo cierta seguridad en sí mismo hasta que (gracias a la paciencia de ella) empezaron a hacer el amor. La miraba a la cara, pero en la penumbra se le escapaba por completo su expresión y ni siquiera distinguía sus rasgos. Lamentaba que estuviese oscuro, pero le parecía imposible en aquel momento levantarse de encima de ella para ir hasta la puerta y encender la luz, así que seguía forzando la vista: pero no la reconocía; le parecía que estaba haciendo el amor con otra persona distinta, con alguien que fingía ser ella o con alguien que carecía de concreción y de individualidad.
 
Después ella se sentó encima de él (tampoco lograba ver más que su sombra erguida) y moviendo las caderas dijo algo con voz amortiguada, en un susurro, sin que se supiese si se lo decía a él o a sí misma. No reconoció las palabras y le preguntó qué había dicho. Volvió a susurrar algo y ni siquiera después, cuando volvió a abrazarla contra su cuerpo, pudo entender lo que decía.
 
 
Milan Kundera (Escritor de origen checo nacionalizado francés; 1929) 

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