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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

viernes, 16 de agosto de 2013

Dumas y la esencia del folletín literario: LOS MOHICANOS DE PARÍS

 
Alexandre Dumas fue un autor prolífico de quien es bien sabido que contrataba otros escritores -los llamados "negros literarios", el más famoso de ellos Auguste Maquet- para que desarrollaran las tramas que luego él modificaba con toda la arbitrariedad que le permitía su célebre "toque Dumas". Y es que los diarios de la primera mitad del siglo XIX incorporaron a sus páginas el denominado folletín literario, que habría de convertir su adquisición en una necesidad cotidiana. De ahí el éxito rotundo de Los tres mosqueteros (1844) y El conde de Montecristo (1844-1846), obras a las que Dumas les debía casi toda su fama y buena parte de su fortuna. En El club Dumas, de Arturo Pérez Reverte, se advierte un párrafo que procura explicarlo:
 
"- No caiga en lugares comunes -respondí, impaciente-. El folletín produjo mucho papel deleznable, pero Dumas estaba por encima de eso... En literatura, el tiempo es un naufragio en el que Dios reconoce a los suyos; lo desafío a que cite héroes de ficción que sobrevivan con la salud de d'Artagnan y sus compañeros, salvo, quizás, el Sherlock Colmes de Conan Doyle... El ciclo de Los mosqueteros constituye una novela de capa y espada indudablemente folletinesca; encontrará ahí todos los pecados propios de su clase. Pero es también un folletín ilustre, más allá de los niveles habituales del género. Una historia de amistad y aventuras que permanece fresca a pesar del cambio de gustos y del estúpido descrédito en que ha caído la acción."

Sin embargo, este género literario tan popular, sería objeto de un gravamen extraordinario como lo consigna Umberto Eco en el capítulo 4, Los tiempos del abuelo, en su novela histórica El cementerio de Praga: "Y ni siquiera podía leer ya aquellas novelas que me habían formado más de lo que habían sabido hacer mis jesuitas, porque en Francia un consejo superior de la universidad, donde quién sabe por qué se sentaban tres arzobispos y un obispo, promulgó la así llamada enmienda Riancey, que tasaba con cinco céntimos por número cada periódico que publicara folletines por entregas. Para los que sabían poco de negocios editoriales, la noticia tenía escaso relieve, pero mis compañeros y yo captamos en seguida su alcance: la tasa era demasiado alta y los periódicos franceses habrían de renunciar a publicar novelas; la voz de aquellos que habían denunciado los males de la sociedad, como Sue y Dumas, se verían obligadas a callar para siempre."

Sin embargo, como sucede con cualquier ciclo, tras el auge sobreviene, con su inevitable aire de nostalgia, la decadencia. Y así sucedería con el folletín literario. Luis Alberto de Cuenca en su artículo Alatriste, capa y espada -en el que se refiere a éste personaje creado también por el mismo Pérez Reverte, autor de El club Dumas-, asegura:

"Los días de gloria del folletín habían pasado: Sue, desterrado en Saboya, publicó por entregas (un procedimiento ajeno a la prensa diaria) Los misterios del pueblo; Alejandro Dumas creó su propio periódico, Le Mousquetaire, para publicar en sus páginas la novela Los mohicanos de París."

De esa manera tan original, en las páginas de un diario creado ex profeso, Dumas logró darle respiración artificial a un género que se encontraba próximo al último suspiro. Y la publicación de Los mohicanos de París se prolongó de 1854 a 1856. "Le Mousquetaire tiraba diez mil ejemplares, lo cual era mucho en aquella época tan difícil", asegura André Maurois en su ensayo Los tres Dumas.

La frase «Cherchez la femme!», misma que, por cierto, hay quienes atribuyen al célebre diplomático Charles Talleyrand, fue sin duda gracias a Dumas que se volvió de uso común. Luego de que el inspector Jackal pide a sus subordinados: "Cherchez la femme, pardieu! Cherchez la femme!", tiene lugar un diálogo entre éste y Salvador, protagonista de la novela:

"- Cherchez la femme! ¿Quién es ella?
- ¡Pardiez! Eso no es lo que buscamos.
- ¡Oh!, no es la mujer robada.
- ¿Cuál entonces?
- La que ha hecho robar a la otra.
- ¿Usted cree que una mujer anda en este asunto?
- En todo anda una mujer Monsieur Salvador; esto es lo que hace nuestro oficio tan difícil. Ayer me vinieron a decir que un albañil había muerto al caerse del tejado...
- Y usted habrá dicho: «Cherchez la femme!». Y habrá preguntado, ¿quién es ella?
- Justamente: es lo primero que he dicho."

En el capítulo que lleva por título ni más ni menos Cherchez la femme!, hay un párrafo que dice:
 
"Siempre que se le venía a denunciar una conspiración, un asesinato, un hurto, un rapto, un escalamiento, un sacrilegio, un suicidio, un crimen cualquiera, no respondía otra cosa que: «Cherchez la femme!», ¿quién es ella?
 
Se buscaba a la mujer y una vez encontrada, una vez que se averiguaba quién era ella, ya no había que preocuparse de nada: lo demás se descubría por sí solo."
 
Años más tarde, en 1864, con la adaptación al teatro de Los Mohicanos de París, en el acto tercero, cuadro quinto, escena séptima, el jefe de la policía parisina pronuncia su parlamento: "Siempre hay una mujer en todos los casos; tan pronto como me entregan el reporte, digo: ¡Busquen a la mujer!" (Il y a une femme dans toutes les affaires; aussitôt qu'on me fait un rapport, je dis", que culmina con el inefable «Cherchez la femme!»). Después añade: "Se busca a la mujer y cuando se le ha encontrado no se tarda en dar también con el hombre".
 

Jules Etienne

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