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domingo, 24 de febrero de 2013

Páginas ajenas: EL GATOPARDO, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa


(Fragmento inicial del quinto capítulo)

Febrero 1861

El padre Pirrone era de origen pueblerino. Efectivamente, había nacido en San Cono, un lugarejo que ahora, gracias al autobús, es casi una de las barriadas de Palermo, pero que hace un siglo pertenecía, por así decirlo, a un sistema planetario propio, distante como estaba cuatro o cinco horas de carro del sol palermitano.

El padre de nuestro jesuita había sido «intendente» de dos feudos que la abadía de San Eleuterio se vanagloriaba de poseer en el territorio de San Cono. Oficio este de «intendente» muy peligroso entonces para la salud del alma y del cuerpo, porque obligaba a mantener relaciones extrañas y al conocimiento de varias anécdotas cuya acumulación provocaba una enfermedad que «de golpe y porrazo» -es la expresión exacta- hacía caer al enfermo tieso a los pies de cualquier paredón, con todas sus historietas selladas en la barriga, irrecuperables ya para la curiosidad de los ociosos. Pero don Gaetano, el padre del cura Pirrone, había conseguido librarse de esta enfermedad profesional gracias a una rigurosa higiene basada en la discreción y en un perspicaz empleo de remedios preventivos, y había muerto pacíficamente de pulmonía un soleado domingo de febrero sonoro de vientos que arrancaban los pétalos de las flores de los almendros. Dejó la viuda y los tres hijos -dos hembras y el sacerdote- en condiciones económicas relativamente buenas. Como hombre sagaz que siempre fue, supo hacer economías sobre el estipendio increíblemente exiguo de la abadía, y en el momento de su muerte poseía algunos almendros al fondo del valle, algunas vides en las vertientes y un poco de terreno pedregoso de pastos, más arriba; bienes de pobre, ya se sabe, pero suficientes para conferir cierto peso en la deprimida economía sanconetana. Era también propietario de una casita completamente cuadrada, azul por fuera y blanca por dentro, con cuatro habitaciones abajo y cuatro arriba, justamente a la entrada del pueblo por la parte de Palermo.

El padre Pirrone se había alejado de aquella casa a los dieciséis años cuando sus éxitos en la escuela parroquial y la benevolencia del abad mitrado de San Eleuterio lo habían encaminado hacia el seminario arzobispal, pero, a lo largo de los años, había vuelto muchas veces, para bendecir las bodas de las hermanas o para dar una -mundanamente, se entiende- superflua absolución a don Gaetano moribundo, y allí volvía ahora, a fines de febrero de 1861, decimoquinto aniversario de la muerte de su padre; y era un día ventoso y límpido, precisamente como aquél.


Giuseppe Tomasi di Lampedusa (Italia, 1896-1957)

La ilustración corresponde a la iglesia de San Cono, en Sicilia, Italia.

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