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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

lunes, 22 de julio de 2013

Mircea Eliade: PROFETA DEL SOLSTICIO


La verdadera dimensión de la figura del rumano Mircea Eliade quedará para siempre condicionada a aquello que su paisano Emile Cioran se refirió como la maldición de los pueblos que se expresan en una lengua provinciana –tal sería el caso de la rumana-, que los condena al anonimato.

Los rumanos vienen siendo los latinos olvidados. Las alusiones cotidianas a las lenguas romances suelen limitarse al francés, italiano, español o portugués, y por lo general se ignora al rumano. Por eso un poeta de la talla de Mihail Eminescu sigue siendo tan desairado. Si hubiese escrito en cualquiera de las lenguas citadas, su lugar en la historia de la literatura tendría, sin duda, mayor preponderancia. A eso también se debe que Lucian Blaga y Mircea Eliade, sean mucho menos conocidos de lo que su obra se merece.*

Mircea Eliade, autor prolífico experto en la historia de las religiones, de formación cosmopolita vagó por el mundo, haciendo escalas en Italia y la India durante su juventud, para después desempeñar cargos diplomáticos en Inglaterra y Lisboa. Al finalizar la segunda guerra se dedicó a la docencia y se trasladó a Francia, donde residió hasta 1957. Finalmente decidió radicar en los Estados Unidos, como catedrático en la universidad de Chicago, lugar en el que permaneció hasta su muerte, en abril de 1986. Además de su rumano natal hablaba otros siete idiomas: francés, inglés, italiano, alemán y lenguas antiguas como el hebreo, persa y sánscrito.

La versión francesa del segundo tomo de sus Memorias, publicada en 1988, lleva el título de Cosecha del solsticio. Debido a la importancia simbólica que tiene el solsticio en diferentes religiones, éste mantiene un sitio preponderante en la obra de Eliade. Por ejemplo, en el ensayo Lo sagrado y lo profano se refiere a su influencia en algunas culturas milenarias:

La capital del Soberano chino se encuentra en el Centro del Mundo: el día del solsticio de verano, a mediodía, la varilla del reloj de sol no debe proyectar sombra. Asombra reencontrar el mismo simbolismo aplicado al Templo de Jerusalén: la roca sobre la que se había edificado era el «ombligo de la Tierra».El peregrino islandés Nicolás de Therva, que visitó Jerusalén el siglo XII, escribe del Santo Sepulcro: «Es allí donde se encuentra el centro del mundo; el día del solsticio de verano cae allí la luz del Sol perpendicularmente desde el Cielo».

En su Historia de las creencias y de las ideas religiosas señala diferentes dioses y religiones cuyo principal festejo tiene lugar durante el solsticio de verano: "Parece que en el panteón de los baltos ocupaba un puesto importante la diosa del sol, Saule (cuya semejanza con la védica Sürya fue advertida hace tiempo). Se concibe a la vez como madre y como doncella. Saule posee también su montaña celeste, cerca de la que habita Dievs. Muchas veces estas dos divinidades luchan una contra otra; el combate dura tres días. Saule bendice la gleba, ayuda a los que sufren y castiga a los pecadores. Su fiesta más importante se celebra en el solsticio de verano." Respecto a los pueblos eslavos del Báltico: "Su fiesta principal, Kupala (de kupati, «bañarse»), tenía lugar durante el solsticio de verano y comprendía el encendido ritual de los hogares y un baño colectivo. Se confeccionaba con paja un ídolo, kupala, vestido de mujer y luego era colocado bajo el tronco de un árbol cortado, despojado de sus ramas e hincado en tierra."

Por su parte, El mito del eterno retorno explica la doctrina caldea del llamado Año Magno: "En ella se considera el Universo como eterno, pero es aniquilado y reconstruido periódicamente cada “Año Magno” (el correspondiente número de milenios varía de una a otra escuela); cuando los siete planetas se reúnen en el signo de Cáncer (“Invierno Grande”) se producirá un diluvio; cuando se encuentren en el signo de Capricornio (es decir, en el solsticio de verano del “Año Magno”) el Universo entero será consumido por el fuego."

En las páginas de su diario, el 21 de junio de 1949, escribió: “El solsticio de verano y la noche de San Juan conservan para mí todo su encanto y todo su prestigio. Pasa algo –y ese día no sólo me parece el más largo sino pura y simplemente otro que el de ayer y el de mañana.” Unos días después, el 5 de julio, agregaba: “De pronto, recuerdo que hace ahora exactamente veinte años, durante las terribles canículas de Calcuta, esribía el capítulo El sueño de una noche de verano, de Isabel y las aguas del diablo. El mismo sueño del solsticio de verano, con otra estructura y desarrollada a otros niveles, se encuentra en el centro de La noche de San Juan. ¿Será sólo una coincidencia? El mito y el símbolo del solsticio me obsesionan desde hace muchos años. Sin embargo, se me había olvidado que me perseguía desde Isabel…”

De manera que se advierte tal empeño en su novela La noche de San Juan (Noaptea de Sânziene), cuya traducción literal sería La noche de las hadas, en voz de Stefam Viziru, su protagonista: “- No sé como explicártelo –continuó Stefan-. Parece que todo viene de la noche de verano de hace nueve años, de la noche de San Juan de 1936. Es absurdo, pero tengo a veces la impresión de que fue entonces cuando me extravié y, a partir de entonces, ya no he vuelto a vivir mi vida.” El propio personaje prosigue con su relato: “Estaba aferrado al deseo de otra vez los lugares en donde pasé mi niñez en Baneasa. Debo decirte que nunca antes me había sentido tentado a dejar el Ministerio para irme a caminar por el bosque. Esto sólo me ha sucedido una vez –en la noche de San Juan en 1936-. Y entonces, en el bosque, conocí a Ileana. Es como si ella me hubiera atraído allí o quizá fuera yo quien la hubiera atraído a ella. ¿Qué le hizo a una muchacha joven y guapa ir a pasearse tan lejos, sola, en el bosque de Baneasa?"

Entre las costumbres rumanas la tradición de celebrar la Sanziene tiene más de cinco mil años de antigüedad, al tratarse del último día en que el sol brilla a plenitud, pues a partir de entonces irá perdiendo gradualmente su luz y las noches se tornarán cada vez más largas hasta la llegada del invierno. Como las Sanziene son guardianas de la fertilidad, protegen a los cultivos y las mujeres vírgenes. Se decía que cantaban y bailaban volando desnudas por el aire. Por eso todavía en la actualidad en esa fecha niñas y jóvenes van recogiendo flores, sanziene, para hacer coronas con las que adornan su cabellera. Se supone que esas guirnaldas conservan poderes curativos y ayudan a aquellas que desean embarazarse. Cuando las jóvenes, ataviadas con trajes típicos, se encuentran realizando su labor, no deben ser vistas por los hombres.

Unas décadas más tarde, en la extensa entrevista que Eliade concedió a Claude-Henri Roquet y que se publicaría bajo el título de La prueba del laberinto, sobre este mismo tema precisó: “No me interesaba únicamente el simbolismo religioso del solsticio, sino las imágenes y los temas del floklore rumano y europeo. En esa noche se entrabre el cielo, puede verse el más allá y un hombre puede desaparecer… Si alguien tiene esa visión milagrosa sale del tiempo, sale del espacio. Vive un instante que dura una eternidad… Sin embargo, no era la significación de ese simbolismo lo que me obsesionaba, sino la noche misma, esa noche que ya estaba allí.”

Retomando el contexto de la novela, este pensamiento se advierte en el siguiente diálogo entre la pareja protagónica:

Toda clase de milagros se pueden producir”, asegura Stefan, y más adelante señala que “es menester que alguien te enseñe como mirarlos, para saber que son milagros. De otra manera, ni siquiera los ves.” Desconcertada, Ileana se cuestiona: “Dicen que esta noche, exactamente a media noche, se abren los cielos, como que no entiendo”, y admite que “probablemente sólo se abren para aquellos que saben mirarlos.”

Es difícil encontrar otro autor que haya estudiado mejor los solsticios que Mircea Eliade, además de que se erigen en materia esencial de su obra narrativa.


Jules Etienne

* A diferencia del propio Emil Cioran, otros autores rumanos como Eugéne Ionesco (Ionescu) y Tristan Tzara (Samy Rosenstock), se nacionalizaron franceses y escribieron en ese idioma, en tanto que Paul Celan (su apellido era un anagrama del original Ancel), también radicado en París, escribía en alemán. Sus obras alcanzaron mayor difusión que las de sus paisanos que se expresan en rumano, su lengua madre.

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