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Vancouver, otoño en English Bay (fotografía de Jules Etienne).

viernes, 28 de junio de 2013

Páginas ajenas: LOS RESPLANDORES DEL RELÁMPAGO, de Marco Antonio Campos


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Cuando muy joven despreciaba las exégesis que querían explicar un poema hasta el ínfimo detalle. Esa exasperación se ha mitigado mucho en la actualidad y sólo la guardo para los a menudo ininteligibles ensayos de los estructuralistas, que en nuestro país han llegado, no pocas veces, a la desfiguración y la caricatura. Añádase aun esa manía o compulsión de cierta intelectualidad mexicana, no excluyendo la universitaria, de copiar lo extranjero, aun lo malo o lo absurdo, que ha sido mucho más perniciosa que benéfica para nuestra cultura.

Por 1969 debo haber leído el texto de Gustavo Cohen y creí que Valéry lo veía y leía con una sonrisa condescendiente, con amistoso escepticismo, pero a fin de cuentas daba a entender que no creía en eso, que un poema como El cementerio marino era virtualmente inexplicable. Vale esto a medias. Comprendo ahora que Valéry apreciaba la labor y el esfuerzo de Cohen que, en su soberbio esmero, es verdaderamente plausible. Una observación crítica: creemos, sin embargo, que Cohen ve a veces de más o ve de menos en el poema y que da por hecho algunas cosas que tienen interpretaciones abiertas. Pero también es cierto que nos da pistas sustantivas con las que el poema se vuelve más concreto, que su análisis de las influencias , de las asociaciones y las correspondencias literarias y filosóficas, es minuciosamente esclarecedor, y que su subrayado de hallazgos estilísticos, como por ejemplo la utilización de adjetivos de gran profundidad interior y los juegos y las armonías silábicas, iluminan versos y pasajes que nos permiten ver mejor partes de la casa. Cohen sabía de la vida y de la obra de Valéry cosas de las que muy pocos estaban enterados.

Cierto: un poema es ante todo un hecho estético para sentirse e imaginarse y comprenderse hasta donde se pueda, pero su explicación es casi imposible. Valéry lo supo como muy pocos, y en eso, en el secreto que guarda, diferenciaba sustancialmente la poesía de la prosa. Cohen abrió un camino, pero un poema como El cementerio marino los tiene infinitos.

Y decidí ir a Séte.

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Bajo del tren, cruzo el vestíbulo de la estación y salgo a la calle. Pregunto por el cementerio y me entero que hay dos. Hablo de Paul Valéry. "Ah, el cementerio marino". Sonrío. Por la magia de la poesía el cementerio se llama hoy como el título del poema. A pie el cementerio está lejos: por el viejo puerto y la Ciudadela. Camino por los muelles del canal. El sol cae a fuego y las luces pican y picotean, como puntas de alfileres luminosos sobre las aguas. Suben olores sucios y salados.

Desde aquella primera lectura de 1969 imaginé el cementerio pequeño, íntimo, arbolado, con numerosas sombras, ceñido al mar. Pero mi decepción es grande: se alza en una colina escarpada, casi no tiene árboles y el mar está como cincuenta metros abajo. El cementerio fue robado a la colina y escindido en cuatro niveles, separado cada uno por cercas de piedra gris. Salvo una pequeña sección del oriente, en el tercer nivel, está casi desnudo de árboles. Arriba, el faro, con una cruz en punta, es un vigía que parece cuidar el sueño de los muertos, la dirección de los barcos y las banderas de todas las naciones para que exista el mundo.

Empiezo a subir. Estoy empapado en sudor. Me parece que pantalón, camisa y cuerpo están hechos de agua. O son agua. No hay una sola alma viva en el cementerio. El aire es sofocante y el mediodía abrasador. Un aire de pájaros da un poco de aire al aire quieto.

Mientras más se sube por el cementerio el panorama marino se vuelve más luminoso. El mar azul se vaporiza hacia el horizonte en bruma azul y dorada. A diferencia de otros pueblos, los franceses son parcos en sentimentalismos o frases pomposas en sus lápidas. Ci-git, Ici repose, Regretté, y nombres y fechas en seco. No falta alguno de sus habituales énfasis patrióticos: "Muerto en el campo de honor", como si la guerra, creada o inventada por otros, y que sólo trae sangre, destrucción, sufrimiento y desdicha, fuera el lugar más digno para que se multiplicaran la viudez de las mujeres y la orfandad de los hijos.

Sigo subiendo. Descubro en un promontorio una pequeña virgen blanca que es como un instante elevado de ternura. Subo más y veo el mar desde las alturas. La bahía tiene la forma de media luna. ¡Qué belleza de mar! ¡Qué belleza, sobre todo, cuando desde las alturas se mira revelándose en su luz azul entre la blancura de las cruces dispares de las tumbas y de los mausoleos de mármol y de piedra! ¡Cielo, aire y mar paracen flotar en la bruma dorada y azul! Comprendo en toda su amplitud el verso: "Tout entouré de mon regard marin"*, y veo, en ese numeroso rebaño fúnebre, a las tumbas como corderos misteriosos. Comprendo entonces en toda su verdad por qué escribió aquí el poema: es el contraste íntegro de Vida y Muerte: por un lado, el cementerio, los muertos, sus muertos familiares, las sombras, el mármol y las cenizas, y del otro o frente a eso, el mar en movimiento continuo bajo las antorchas del solsticio salvaje. Se comprende por qué, rodeado de tanta muerte, dice o declara al final que debe "intentarse vivir".

Después de una hora no hay nadie aún en el cementerio pero uno no se siente solo con tanto cielo y con tanto sol y con tanto mar. Camino hacia el punto arbolado. Busco el alivio de la sombra. En el mar cruzan veleros de velas triangulares. Asocio con los foques del poema, esos foques que, Cohen observaba muy bien, son las palomas que caminan en el techo del mar. Oigo. Follajes de pájaros cantan en los follajes y envuelve un aire como de dicha. Es una de las partes más antiguas del cementerio. A diferencia de otras secciones hay aquí mausoleos y tumbas del siglo XIX y aun algunos del siglo XVIII. En muros y losas hay rajaduras, grietas, fragmentaciones de la piedra. Por la antigüedad, por las perspectivas y la altura, por los cipreses y los pinos, me imagino que el poema -tengo escasas dudas- Valéry lo concibió aquí. Y me parece ver una sombra que cruza entre las sombras.

Veo. Oigo. A los muertos les llega la parlata de los pájaros, la brisa ligera y los rumores soterrados de las olas.


Marco Antonio Campos (México, 1946)

* De mi mirada marina ceñido (según la traducción de Jorge Guillén),
Y mis ojos marinos circundan lo que ven (según la versión rimada de Raúl Gustavo Aguirre)

La ilustración corresponde a una fotografía del cementerio de Seté,
en la región francesa de Languedoc-Rosellón.

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