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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

martes, 24 de enero de 2012

Páginas ajenas: EL ORGANISTA DE PONIKLA, de Henryk Sienkiewicz



(Fragmentos)

La nieve estaba seca y crujiente, y era poco profunda; y como Klen tenía las piernas largas, avanzaba raudo por el camino de Zagrabie a Ponikla. Avanzaba tanto más raudo cuanto que se avecinaba una buena helada y él llevaba puesta poca ropa: una levita corta y encima, una chaqueta de piel vuelta, más corta todavía, unos pantalones de paño negros y unas botas finas, llenas de remiendos. Aparte de esto, en la mano llevaba un oboe, en la cabeza un mísero sombrero, liviano como el viento, en el estómago varias copas de arac, alegría en el corazón y en el alma, sobrados motivos para sentirla. Es que aquella misma mañana había firmado con el canónigo Krajewski, un contrato por el cual sería el futuro organista de Ponikla. Él, quien hasta ese día -cosas que pasan-, había vagado cual un gitanillo de posada en posada, de boda en boda, de feria en feria, de romería en romería, y todo con tal de ganarse unas cuantas monedas con su oboe o algún órgano, instrumento que, la verdad sea dicha, tocaba mejor que cualquier otro organista de la comarca; él ahora estaba a punto de sentar cabeza, instalarse en Ponikla y empezar una vida estable bajo un techo propio.

...

Se avecinaba una buena helada pero a él no le importaba; caminaba cada vez más raudo y mientras lo hacía reememoraba todo aquel día, pensaba en Olka y no sentía el frío. Simplemente, no había tenido día más feliz en toda su vida. Por el desierto camino, desprovisto de árboles, entre praderas heladas y cubiertas por la nieve que centelleaba en rojo y azul en la hora vespertina, llevaba su alegría como una linterna luminosa que había de disiparle la oscuridad. Recordaba y rememoraba todo lo que había sucedido, tanto la conversación con el canónigo y la firma del contrato como todas y cada una de las palabras del ladrillero y dela señorita Olka. Ella, cuando se habían quedado a solas por unos instantes, le había dicho lo siguiente: "¡A mí me da igual! Aun sin esto, ¡yo le seguiría a usted, Antoni, incluso más allá del mar!, pero por papá, así es mejor".

...

Pasado un tiempo se sintió canasado, por algo que no había calculado: que la nieve era más profunda en los prados que en el camino, aplanado, y que no resultaba nada fácil sacar de ellas unas piernas tan largas. Aparte de esto, en algunos lugares los prados formaban hondonadas que ahora parecían niveladas por las ventiscas recientes, pero que para atravesarlas había que hundirse en la nieve hasta las rodillas. Klen ahora empezaba a arrepentirse de haber abandonado el camino, donde tal vez habría podido encontrar algún carro que se dirigiera a Ponikla.

Las estrellas emitían destellos cada vez más agudos, el frío se volvía cada vez más intenso, y Klen, sin embargo, estaba empapado de sudor. No obstante, en los ratos en que se levantaba el viento para dirigirse a través de los prados hacia el río, se sentía helado. Intentaba volver a tocar pero con la boca tapada se cansaba más todavía.

...

Y una vez sentado empezó a tocar y la tenue voz del oboe volvió a oirse en medio de la noche oscura y de las nieves profundas. Pero a Klen se le pegaban los párpados cada vez más y las notas de Mi jarrón, debilitándose por momentos, sonaban cada vez más quedas, haasta que acabaron por extinguirse del todo. Él, sin embargo, aún se defendía del sueño, todavía conservaba la consciencia, todavía pensaba en Olka, sólo que al mismo tiempo creía hallarse rodeado de un vacío cada vez más grande, se sentía cada vez más solo, como olvidado, y empezó a embargarlo una sensación de asombro porque ella no estuviese a su lado en medio de aquel desierto nevado, de aquella noche profunda.


Henryk Sienkiewicz (Polonia, 1946-1916), recibió el premio Nobel en 1905.

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