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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

lunes, 23 de enero de 2012

MIRADAS SOBRE LA NIEVE: desde la perspectiva de los ganadores del premio Nobel (primera parte, hasta 1939)



La gran mayoría de los escritores que han recibido el premio Nobel de literatura son originarios de lugares en los que la nieve es habitual durante el invierno. Aquellos que provienen de climas tropicales suman apenas un reducido porcentaje entre los ganadores y constituyen una mínima excepción. Tal vez a eso se deba, en buena medida, que la nieve aparezca como elemento frecuente tanto en la narrativa como en su poesía.

No resulta tan sencillo elaborar una antología sobre el tema, porque las obras de algunos de ellos son difíciles de obtener traducidas a nuestro idioma y es que no todos lograron mantener su prestigio con el paso de los años. Por ejemplo, es casi imposible conseguir versiones al español de ciertos autores, sobre todo escandinavos, aunque también sucede con otros en lengua alemana, como es el caso del suizo Carl Spitteler, de quien encontré una traducción al inglés de su poema alegórico Prometeo y Epimeteo, sobre la cual intentaré el traslado al español del fragmento que alude a la nieve. De tal manera que cualquier selección se vuelve en este caso más arbitraria aún de lo que suelen ser las antologías y, por supuesto, no podría ser exhaustiva. Sin embargo, en los días subsecuentes trataré de rescatar poemas, relatos y fragmentos de novelas escritos por ganadores del premio Nobel en los que se hace referencia a la nieve.

Entrando en materia, el primero en recibirlo, en 1901, el francés Sully Prudhomme, decía en Una cita:

"El alma se aligera de sus cargas
por la inmensa huida de todo lo existente
y la memoria se funde como si fuera de nieve
."

Al año siguiente, el Nobel correspondió a Theodore Mommsen, historiador alemán cuya investigación más importante fue una acuciosa Historia de Roma. De manera que no cabrían expectativas de que en ella hubiese alguna mención de la nieve en tono metafórico. Sin embargo, en el tomo V, al describir la campaña del general Lúculo en el Éufrates, refiere con la sobriedad del ensayo:

"Y en realidad ¿no era una temeridad penetrar violando la ley en regiones lejanas, desconocidas, cortadas a cada paso por torrentes devastadores y por montañas cubiertas de nieve, y cuya inmensa extensión era por sí sola un peligro para el agresor?"

El noruego Bjorsterne Bjornson lo obtuvo en 1903. Tratándose de un autor radicado en la península escandinava, es lógico suponer que con frecuencia la acción de sus novelas transcurre en la nieve, así como las alusiones a la misma en su poesía. El siguiente párrafo corresponde a Un muchacho feliz:

"La noche no era fría, pero el cielo estaba nublado y sin estrellas. Era probable que lloviera al día siguiente. Una brisa somnolienta soplaba sobre la nieve que estaba allanada a grandes trozos en las alturas, todas blancas."

Si bien Frédéric Mistral, al igual que Prudhomme, era de nacionalidad francesa, escribía en occitano, una lengua provenzal emparentada con el catalán. Compartió el premio con el español José Echegaray en 1904. La poeta chilena Lucila Godoy adoptó de él su apellido para formar el seudónimo literario por el que sería conocida como Gabriela Mistral. Estos son algunos renglones qu se refieren a la nieve en Mireya: "Asimismo cuando duerme la naturaleza bajo una sábana de nieve", (canto VI); "Con tu llanto la roca misma llorará eternamente, y tus lágrimas, eternamente, como un viento de nieve, sobre todo, amor de mujer, derramarán la blancura..." (canto X); "Cuando ha nevado en los collados, menos deslumbrante es el ampo de la nieve..." (canto XII).

Por su parte, el dramaturgo José Echegaray dio el título de La bola de nieve a una de sus piezas escénicas. En la escena IV de Bodas trágicas, el personaje de la dama dice:

"... Nada resiste
en cuanto alumbra el sol, al tiempo impío.
La alegre primavera y el estío,
y el abundoso otoño ya más triste,
todo con el sudario al fin se viste
de escarcha y nieve en el invierno frío
."

Paul von Heyse, a quien designó la academia sueca en 1910, fue considerado "el último poeta de corte", como se les denominaba a aquellos que gozaban del mecenazgo de la nobleza. Primero fue protegido del rey Maximiliano de Baviera y posteriormente también de Luis II. Este es un fragmento de su relato Lottka:

"Cuando salió a la calle sintió la brisa fresca del invierno. El frío intenso de los últimos días de alguna manera había disminuido, la nieve caía en copos grandes que no se sacudió, porque le dio gusto al sentirlos derretirse en su cara. Su barba, la cual había dejado crecer durante el año pasado, y que mejoraba mucho su apariencia, se veía blanca por los copos de nieve."

De nuevo se le concedió el Nobel a otro autor en idioma alemán en 1912, Gerhart Hauptmann -para entonces era ya el cuarto en la lista-. El loco en Cristo: Emmanuel Quint resultaba audaz para la época por sus connotaciones religiosas.

"Cristo habría peregrinado por el mundo, ofreciendo al Padre un mensaje de desesperanza en torno al hombre. Finalmente el mendigo que decía ser Cristo compartió el pan con dos pastores suizos en Andermatt. Desde que esos piadosos lo acogieron nunca más volvió a saberse de él. Sin embargo, el cronista que siguió las huellas de Emmanuel Quint, cree que aquel ser que, abandonado y solitario, arrastró su mesiánica locura por las lindes helvéticas y germánicas, era el desaparecido carpintero de Silesia. Y cree también que era el mismo que, después del deshielo de primavera, fue encontrado rígido y postrado en el refugio del Gotardo. Es muy posible que se extraviase en los inhóspitos paisajes del Pizo Centrale, donde la noche, la niebla y la nieve, lo habían sepultado. Esto debió ocurrir a finales de otoño o a principios de invierno."

A Rabindranath Tagore, quien lo obtuvo en 1913, pertenece esta frase de su extenso poema El jardinero: "Por no esperar en capullo, entre la nieve eterna del invierno, el loto se abre al sol y pierde cuanto tiene..."

En 1916, durante la primera guerra mundial, el premio recayó en el sueco Verner von Heidenstam. En uno de sus poemas escribió: "Como una mañana soleada con nieve recién caída", y en la novela Los suecos y sus caudillos: "La oscuridad aún prevalecía cuando la caballería comenzó a moverse sobre un mar cubierto de nieve."

Entre los escritores en español, Jacinto Benavente, ganador en 1922, es autor de Nieve en mayo y de una comedia en tres actos para público infantil titulada Novia de nieve, que transcurre en un palacio de nieve donde todo está congelado y sus protagonistas son el Príncipe Sol y la princesa Flor de Nieve. Este es uno de sus parlamentos:

"... ¿qué puede importarnos la crueldad del invierno? Contemplar como cae la nieve desde esa ventana es un hermoso espectáculo. Los jardines de nieve parecen una apetitosa merengada."

El poeta irlandés William Butler Yeats, quien recibiera el Nobel en 1923, es autor de un poema titulado Locos como la bruma y la nieve:

"Echa el cerrojo, atranca ya el postigo,
porque esta noche el viento en contra viene:
tenemos puestos los cinco sentidos,
y es que a mí me parece
que fuera de nosotros todo está
tan loco como la bruma y la nieve
."

Contrasta con esa ligereza festiva para referirse a la nieve de Benavente y Yeats, el matiz ominoso del extenso drama rural Los campesinos, novela del polaco Wladislaw Reymont (1924), que se divide en cuatro partes, una por cada estación del año. La nieve es implacable durante el invierno en Polonia:

"El mundo se había vuelto oscuro para ella, la nieve era gris ahora, no podía encontrar el sendero por el que había venido y en vano trató de frotar las lágrimas que se congelaban en sus pestañas."

George Bernard Shaw fue, en 1925, el segundo irlandés laureado en un lapso de tres años, y a su vez el tercer escritor en lengua inglesa, si bien ninguno de ellos nació en Inglaterra, puesto que Kipling era originario de Bombay, en la India, mientras que Yeats era de Dublín, al igual que él. A Shaw siempre se le reconoció la agudeza de su sentido del humor. En su obra teatral La casa de las penas, el personaje de Héctor reclama: "¡Dinero! ¿Dónde están mis dividendos de abril?", a lo que la señora Hushabye responde: "¿Dónde está la nieve que cayó el año pasado?"

Originaria de la isla de Cerdeña, el conjunto de la obra de Grazia Deledda describe los lugares y costumbres de su entorno. Fue apenas la segunda mujer distinguida con el premio Nobel, en 1926. De su cuento Regalo de navidad proviene este párrafo:

"La nieve cubría toda la comarca; las oscuras casas se destacaban en la montaña como si estuvieran dibujadas en una blanca cartulina; la iglesia, levantada sobre un terraplén sostenido por peñascos, aparecía rodeada de árboles cargados de nieve, de sus ramas colgaban los carámbanos, parecía uno de esos edificios que la fantasía ve dibujado en las nubes. Reinaba en todo el lugar el más profundo silencio, como si sus habitantes estuviesen sepultados bajo la nieve."

Se podría asumir que en la obra filosófica de Henri Bergson -el quinto francés en la lista de los premiados, en 1927-, no tendría porque figurar la nieve. Sin embargo, es famosa su reflexión sobre el tiempo con la analogía de una bola de nieve en La evolución creadora. Cada capa que se va incorporando a la bola es el momento presente, mientras que el pasado es el conjunto de la bola que no se queda atrás, sino que permanece debajo como un todo: "Mi memoria está ahí, introduciendo algo de este pasado en este presente. Mi estado de alma, al avanzar en la ruta del tiempo, se infla continuamente con la duración que lo engrosa y hace, por decirlo así, una bola de nieve consigo mismo."

En 1930, Sinclair Lewis sería el primer estadounidense en recibirlo. Sus retratos de la sociedad norteamericana -especialmente Babbitt-, le merecieron un reconocimiento más allá de su país de origen. Aquí un fragmento de su novela Elmer Gantry:

"No le quedaba ya emoción suficiente para pasear solitario en aquella noche fría, plena de realidades, a lo largo de una calle que bordeaban, no brillantes columnas, sino pequeñas casas humildes, hundidas penosamente en la nieve, bajo un cielo hostil en el que apenas alcanzaban a brillar unas cuantas estrellas mortecinas."

Erik Karlfeldt, poeta sueco premiado en 1931, escribió en su Saludo de invierno:

"Conoce al viento del norte, amigo; enhorabuena,
Lo encontrarás con una canción estentórea
Nieve en su lira, en el profundo bosque de pinos
..."

El británico John Galsworthy fue el ganador en 1932. Su saga sobre los Forsyte le redituó gran popularidad, pero fue un autor prolífico no sólo de cuentos y novelas sino también de obras teatrales. Entre sus primeros relatos se cuenta Villa Rubein, publicado bajo el seudónimo de John Sinjohn, del cual prescindiría al poco tiempo:

"La luna era como una magnífica linterna blanca en el cielo púrpura; sólo había un arder de estrellas. Bajo la suavidad del aire estaba la frialdad de la nieve; lo cual provocaba que quisiera correr y saltar."

Es notoria la ausencia de la nieve en el teatro de Eugene O'Neill (1936). Apenas una frase coloquial en Tierras vírgenes en boca del personaje de nombre Sid: "... puro como la nieve, ése soy yo", y un recuerdo de Martha en El primer hombre: "Era un domingo de invierno cuando Curt y yo habíamos ido a visitar a unos amigos. La niñera se quedó dormida -o algo así- y los niños salieron en ropa interior a jugar en la nieve. Les dio pulmonía y una semana después ambos murieron."

El trabajo más significativo de Roger Martin du Gard, merecedor del Nobel en 1937, es su extensa novela río Los Thibault, que comprende un total de ocho tomos publicados entre 1922 y 1940. En el correspondiente a La muerte del padre se lee:

"... la luz rasante palpita sobre la nieve en el aire sosegado por una tregua momentánea de los vientos. No luchaba; se abandonaba a la opresión de la muerte."

Otra mujer, la estadounidense Pearl S. Buck (la inicial era por su apellido paterno: Sydenstricker, en tanto que Buck lo tomó de su primer marido), resultó premiada en 1938. En Viento del este, viento del oeste, que ubica su acción en China -al igual que el resto de su obra-, se encuentra esta descripción:

"Estamos en la undécima luna del año; la nieve cubre la tierra, los bambúes del jardín..., álgido mar de blancas ondas, que apenas se mueven en la brisa, gimiendo bajo el peso blanco."

Frans Eemil Sillanpää es el único escritor finés galardonado con el Nobel, en 1939. Por la naturaleza rural del entorno en que se desenvuelven sus personajes y su respectiva latitud geográfica, la nieve se advierte imprescindible. En una narrativa como la suya, impregnada de sufrimiento, no deja de ser una curiosa coincidencia el que dos párrafos concuerden en la alegría de su atmósfera descriptiva. Es el caso de uno de sus relatos primitivos que forman parte del volumen titulado A ras del suelo:

"Sin embargo, la mañana aparecía llena de promesas: el frío seco, el humo que salía de todas las casas del pueblo, el camino perfectamente marcado sobre la nieve."

Y este otro que figura en Silja, su novela más conocida, escrita durante la etapa de su madurez creativa: "Lucía un sol espléndido; el día era hermoso y cálido. La nieve se derretía con gran facilidad."

Con esto concluyo lo que podría denominarse la primera etapa de los premios Nobel, ya que en 1940 entraron en receso debido a la guerra, reanudándose las entregas a partir de 1944. En las próximas tres semanas incluiré cada día un fragmento de diferentes autores, desde Henryk Sienkewicz (1905) a Luigi Pirandello (1934), pasando por Rudyard Kipling, Knut Hamsun y Thomas Mann, entre otros, para más tarde retomar el tema y agotarlo hasta la actualidad.


Jules Etienne

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