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viernes, 5 de agosto de 2011

Páginas ajenas: INCESTO (Diario amoroso, 1932-1934), de Anais Nin


5 de agosto de 1933 

Conversación con Henry acerca de mis mentiras. Y le suelto este discurso que me había estado dando vueltas en la cabeza durante días: «No voy a mentir más. Nadie ha agradecido mis mentiras. Ahora sabrán la verdad. ¿Crees que a Hugo le va a gustar más lo que he escrito sobre él que lo que le decía o le daba a entender con mis evasivas? ¿Crees que Eduardo prefiere saber lo que pienso de él a lo que le he dicho? Nunca supe decir a nadie "no te amo". El error que cometí fue querer abarcar demasiado. No podía alimentar cinco fuegos. Tenía que desatender a alguno, y por eso me han odiado. Sobrevaloré mis fuerzas. Cuando decía una mentira era una mensonge vital, una mentira que daba vida». En este momento, Henry y yo nos miramos como antes, en una plenitud maravillosa. Ha sido todo un día de encuentro. Primero lo esperé con entusiasmo y fui a buscarlo a la estación. Dijo: «Tuve la premonición de que harías esto». Me tomó del brazo y paseamos bajo el sol. Y luego, en la casa, nos deseamos inmediatamente y nos sentimos felices y próximos en el sofá. Henry, anhelante y apasionado. En el jardín dijo: «He estado de un magnífico humor, todo el tiempo, desde que volviste. Cuando estás conmigo, todo va perfectamente».
 
- A mí me pasa igual.
 
Me sentía feliz de haber recuperado nuestra armonía, nuestro intercambio estimulante. Padre y Henry están ahora maravillosamente equilibrados, como la eterna dualidad de mi propio ser. Uno es el ideal absoluto, no humano; el otro, el humano. Y es igualmente cierto que la confianza de Henry en mí, su amor, me ha dado vida e inspiración, toda la fuerza y todas las alegrías, cuando no tenía nada, salvo la tierna seguridad de mi matrimonio. Esta noche, mi amor por Henry está tan profundamente enraizado que no hay ninguna necesidad de desplazamiento, sólo de expansión. Hay dentro de mí un pozo grande, inagotable, capaz para los amores ideales y los humanos, un foyer immense. Me parece que cuando amé a Artaud durante unos días, lo amé mejor -quiero decir con más talento- que cualquier otra mujer hubiera podido en toda una vida. Le di un momento elevado, por más que fuera un espejismo. Y a Allendy, durante unos meses, una percepción, una reflexión y un calor que son poco corrientes. Ambos han experimentado algo que nunca más volverán a experimentar. ¡Condenso mis regalos, en lugar de prolongarlos! Un rasgo de cobardía. Siento desprecio por mí misma cuando, para excusarme, trato de justificar mis cambios de sentimiento poniendo de relieve los defectos de los demás. Cobarde, cobarde.
 

Henry me ha dicho hoy algo muy sensato: «En lugar de acentuar el idealismo y la necesidad de ilusión en los demás, ¿por qué no los ayudas enseñándoles a esperar menos, sin engañarlos?».
 
 
Anaïs Nin: Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell  
(Estadounidense de padres hispano-cubanos nacida en Francia, 1903-1977)
 
La ilustración corresponde a una fotografía de Anaïs Nin y Henry Miller.

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