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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

jueves, 24 de mayo de 2012

Algunos eclipses poéticos



"Toma en ella el alma un baño de pereza aromado de pesar y deseo. Es algo crepuscular, azulado róseo; un ensueño de placer durante un eclipse", escribió Charles Baudelaire en La estancia doble.


No es de sorprender que los poetas, tan enamorados de la luna, se hayan mostrado atraídos por el fenómeno astronómico de un eclipse. El origen etimológico de la palabra proviene del griego, eklipsis significa abandono o desaparición. Por eso es que a los soldados desertores se les llamaba ekleipon. El antecedente más remoto de la predicción de los eclipses se ubica hace cinco mil años, con los caldeos. Sus sacerdotes -al igual que sucedería siglos después en tantas otras culturas-, aprovechaban ese conocimiento con el fin de incrementar su poder e influencia sobre la comunidad, cuyos habitantes solían carecer de información al respecto.


Un personaje de nombre Pedro se refería erróneamente a "el cris del sol y de la luna", por lo que don Quijote le corrige: "Eclipse se llama amigo, que no cris el escureserce esos dos luminares mayores", en el capítulo XII, De lo que contó un cabrero a los que estaban con Don Quijote, primera parte de la novela de Cervantes.


La poesía se ha tomado la libertad metafórica de asignar eclipses a objetos y situaciones ajenos a la luna o el sol. La poeta alemana de origen judío Nelly Sachs, tituló Eclipse de la estrella su obra publicada en 1949. Vicente Aleixandre, en Se querían, con sutileza erótica hace mención a un eclipse de agua. Este es un fragmento de dicho poema:


Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra flotando...
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.


Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpo en soledad cantando.


Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

En su delirante Hotel de las centellas, que comienza con un inevitable desvarío: "La mariposa filosófica/ Se posa en la estrella rosa/ Y forma así una ventana del infierno", André Breton, impregna al eclipse del espíritu surrealista cuando alude "... Hasta que el eclipse oriental/ Turquesa en el fondo de las tazas/ Descubre el lecho equilateral de sábanas color de esas flores llamadas bola de nieve."


Por su parte Alí Chumacero, en la penúltima estrofa de Alabanza secreta, dice:


Despierta Débora en ocaso o eclipse
erguido, ondea ahora hablando a media voz, por fin
inmune al implacable sudor fluyendo en sed
para el sediento o cólera labrada en el antiguo ariete.

Álvaro Cunqueiro, uno de los seudónimos literarios del portugués Fernando Pessoa, también menciona los eclipses en su Poema 5 de Poemas do si non (la traducción al español es de Vicente Araguas):

En medio de su pecho los veleros habían armado una red tímida
que tenía una voz llena de lámparas y eclipses
y un párpado tejido por los vientos.

Ella seguía siendo universal y nítida.

Una garganta llena de distancias
era la flauta que encantaba los ecos olvidados en el fondo de las
corrientes marinas,
penetradas de cauces desde las islas negras de sus ojos.

Ella estaba lejos de todo. Todo estaba al lado suyo.


No tiene nada de extraño, entonces, que se haya optado por Eclipse total como el título original en inglés para la película sobre un pasaje en la vida de los poetas Rimbaud y Verlaine.


Jules Etienne


La ilustración corresponde a Eclipse y ósmosis vegetal (1934), de Salvador Dalí.

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