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Vancouver, luz de agosto en English Bay.

lunes, 1 de abril de 2013

El día del conejo


 "- ¿Crees que un conejo podría ser Dios? -le pregunté a Arthur distraídamente.
- No existe absolutamente ninguna razón por la que un conejo no pueda ser Dios."

Sarah Winman en Cuando Dios era un conejo

El origen de la celebración de la pascua tiene raíces paganas, pero ya se sabe que a través de la historia la doctrina cristiana, con el fin de lograr la conversión de un mayor número de fieles, ha permitido el sincretismo adoptando las costumbres locales para darles su propia orientación religiosa. Por ejemplo, en México siempre se ha relacionado a la autóctona Tonantzin, la madre de los dioses, con la virgen de Guadalupe, como lo señalaba Fray Bernardino de Sahagún en su Historia de las cosas de la Nueva España, lo mismo que la virgen de la Caridad del Cobre en Cuba, que suplantó a Ochún, una orisha mayor de la santería afrocubana, para convertirse en la santa patrona de la isla luego de su aparición en 1620. De manera que tampoco debiera sorprendernos la forma como también se integró el festejo de la primavera por parte de los germanos -quienes celebraban a Ostara, la diosa de la fertilidad- con la resurrección de Cristo, que de acuerdo con las fases lunares, siempre acontece entre el 22 de marzo y el 25 de abril. Cada primavera, los paganos colocaban ofrendas de semillas y huevos pintados de colores en los altares que veneraban a la diosa Ostara quien, según la leyenda, se transformaba en conejo durante el equinoccio. Los sajones transformaron su nombre en Eostre y con el tiempo devino en Easter. Los conejos simbolizan la fertilidad de la primavera.

Según la tradición de los germanos, desde el siglo XVI se dejaban huevos de colores para los niños, en nidos que se colocaban alrededor de las casas. Los alemanes que llegaron para establecerse en los Estados Unidos mantuvieron esa práctica pero no se difundió sino hasta después de la guerra civil, cuando la costumbre se generalizó en todo su territorio y también alcanzaría arraigo en Canadá. Con el tiempo empezaron a elaborarse los huevos de chocolate y los nidos fueron sustituidos por canastas, tal y como se practica en la actualidad.

Hoy lunes tuvimos un día festivo -en contraste, el llamado jueves santo no lo es-, y en los parques y jardines era posible ver a los niños buscando los preciados chocolates. En uno de los noticiarios de la televisión mostraron a un conejo verdadero robándose los huevos de chocolate que los niños buscaban con ahínco. Eso me llevó a recordar, de manera inevitable, al conejo de Alicia en el país de las maravillas y a preguntarme quiénes serían los conejos más famosos en la historia de la literatura. Además de la liebre que corría contra la tortuga en la célebre fábula de Esopo, me encuentro con sorpresa que son más de los que había supuesto en un principio.

Para empezar estaría el conejo invisible de la obra teatral Harvey, de Mary Chase, ganadora del premio Pulitzer en 1945, que se adaptó al cine con James Stewart como Elwood P. Dowd, el único humano capaz de establecer contacto con el conejo, reminiscente del que sólo Donnie Darko podía ver, en una película posterior. Se dice que Steven Spielberg ha estado planeando un remake de Harvey. No sería raro después de su experiencia con el conejo Roger Rabbit quien, por cierto, no fue concebido originalmente para la película, sino que era el personaje de una novela: ¿Quién censuró a Roger Rabbit?, escrita por Gary Wolf y publicada en 1981. Y ya inmersos en el tema del cine, también tendría que referirme a la peculiar fábula experimental de David Lynch titulada precisamente Conejos (Rabbits), que se filmó en 2002. Al otro lado del corazón, también titulada El laberinto para su exhibición en Sudamérica, protagonizada por Nicole Kidman en 2010, es la adaptación de otra pieza escénica: La madriguera del conejo (Rabbit Hole), de David Lindsay-Abaire, aunque en este caso la referencia es mera alegoría.

En uno de sus relatos delirantes, Carta a una señorita en París, que forma parte del volumen Bestiario, con el desenfado que caracteriza la narrativa de Julio Cortázar, se refiere a una decena de conejos que carecen de nombre, encerrados en un departamento: "Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las aillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todos dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan..."

Y en otro Bestiario, sólo que en este caso el poema de Pablo Neruda, dice: "Siempre tuve curiosidad/ por el erótico conejo:/ ¿quiénes lo incitan y susurran/ en su genitales orejas?/ Él va sin cesar procreando/ y no hace caso a San Francisco,/ no oye ninguna tontería:/ el conejo monta y remonta/ con organismo inagotable./ Yo quiero hablar con el conejo,/ amo sus costumbres traviesas."

En Aura, una de las obras más populares de Carlos Fuentes, la anciana Consuelo Llorente tiene por mascota a una coneja.

De la garganta abotonada de la anciana surgirá ese cacareo sordo:
- ¿No le gustan los animales?
- No. No particularmente. Quizás porque nunca he tenido uno. 
- Son buenos amigos, buenos compañeros. Sobre todo cuando llegan la vejez y
la soledad. 
- Si. Así debe ser.
- Son seres naturales, señor Montero. Seres sin tentaciones.
- ¿Cómo dijo que se llamaba?
- ¿La coneja? Saga. Sabia. Sigue sus instintos. Es natural y libre.
- Creí que era conejo.
- Ah, usted no sabe distinguir todavía.
- Bueno, lo importante es que no se sienta usted sola.

Por su parte, Tristan Tzara en el poema titulado Dudas, escribió:

- He sacado el antiguo sueño de la caja como sacas tú el sombrero
cuando te pones el traje de muchos botones
cuando agarras el conejo por las orejas
cuando regresas de cacería
como eliges la flor de la maleza
y al amigo de entre los cortesanos.

A Harry Angstrom, protagonista de las novelas de John Updike, le apodaban "conejo". La primera de ellas, publicada en 1960, se titulaba Corre conejo; a la que siguió El regreso del conejo, en 1971; diez años después Conejo es rico; para culminar la tetralogía original con la muerte del personaje en Conejo en paz, en 1990. Estas dos últimas fueron merecedoras del premio Pulitzer. Todavía Updike reincidió (verbo clave en este blog) en 2001, cuando publicó Conejo en el recuerdo, donde procura retomar los cabos sueltos en la vida de Harry Angstrom para, entonces sí, cerrar el tema en definitiva.

Aunque en la novela La risa del conejo, de Julio Fernández Peláez, en sus 257 páginas hay una sola mención a un conejo en su madriguera, es debido a su título que también la consigno. Concluiré con una referencia a Shakespeare, a quien he estado leyendo por estas fechas. "¿Has visto una liebre?", le pregunta Romeo a Mercucio en el acto segundo, escena tercera, de Romeo y Julieta, a lo que su amigo responde, "Una liebre, no: tal vez un conejo viejo y pellejo para un pastel de cuaresma".


Jules Etienne

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