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lunes, 13 de diciembre de 2010

Una Serenata para Lupe (páginas 305 y 306)


En la soledad de su recámara se reconoció en el espejo, espejito compañero, mírame que triste estoy, se me fue el hombre que quiero y me muero por su amor, y sólo pudo ver los restos de la mujer seductora que alguna vez impuso sus caprichos de niña voluntariosa a tantos hombres obsesionados con ella, por ella y para ella, pero hoy, ya lo ves, sólo tengo tristeza y dolor... El deseo ajado en un rostro exhausto por los amores y desamores, por las pasiones que habían envejecido en su piel, por la fatiga de vivir.

Perpleja ante la inminencia de la muerte, adquirió repentina conciencia de que en realidad ya llevaba tiempo muerta: ¿Desde que Gary la dejó, o cuando Johnny se hartó de amarla? ¿Al darse cuenta del compromiso que implicaba su posible maternidad? Porque el engaño de Arturo y Harald, después de todo no era más que eso y ni siquiera se merecían una mujer como ella. Siempre había creído que el amor puede ser la última y tal vez la única fuerza redentora capaz de inyectarnos la energía necesaria para seguir viviendo, porque la ilusión amorosa tiene la virtud de reinventar la vida de cualquiera. Pero la realidad, implacable, había atrancado las puertas y ventanas del amor para Lupe. Fatigada de amar o de creer que lo había hecho y, por lo tanto, de vivir, se sentía traicionada por aquellos a quienes había amado. Perdida la esperanza de enamorarse otra vez y de ser amada por alguien, la vida ya no tenía nada que ofrecerle.

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